Paul Bowles. Extracto de Cabezas verdes manos azules, Algaguara, 1997
Los bereberes ya desde el neolítico tuvieron su propia música y la siguen teniendo. Es un arte con mucha percusión, con complicadas yuxtaposiciones de ritmos, una limitada gama de escalas (a menudo de nada más que tres tonos adyacentes) y una única manera de vocalizar de vocalizar. Como la mayoría de los africanos, los bereberes desarrollaron una cultura de participación masiva, una música cuyos efectos psicológicos estaban dirigidos con cierta frecuencia a provocar estados hipnóticos. Cuando los árabes invadieron el territorio trajeron consigo música de tipo distinto, dirigida al individuo, que pretendía por medios sensibles generar un estado favorable a la especulación filosófica. En medio del hostil paisaje de Marruecos construyeron sus grandes ciudades amuralladas donde se atrincheraron y desde cuales lanzaban a sus soldados para continuar la conquista en dirección sur, hacia el Sudán, y en dirección norte, hacia Europa. Con la importación de gran número de esclavos negros, la cultura de las ciudades dejó de ser puramente árabe(…). En las llanuras del centro del país y al pie de las montañas del norte de la música bereber absorbió muchos elementos de la música árabe, mientras que en la zona presahariana tomó elementos de la música negra, pero en ambos casos siguió siendo un producto híbrido. Sólo en las regiones que seguían siendo por los general inaccesibles para los no bereberes –aproximadamente, las propias montañas y las altas mesetas- la música bereber quedó intacta, como un arte puramente autóctono(…)
Mi plan, al intentar grabar la música de Marruecos, era recoger, en el plazo de seis meses que la Fundación Rockefeller me concedía para realizar el proyecto, ejemplos de todos los ejemplos musicales que podían encontrarse dentro de las fronteras del país.
(…) El jalifa de Laazib Ketama(1) había hablado de un pueblo a unos treinta kilómetos más adelante donde había unos músicos de rhaita. La noticia no me emocionó especialmente porque ya había grabado una cantidad de secuencias de música con rhaita, entre ellas algunas, excelentes, de Beni Aros(2), la capital de los músicos de djebala. El rhaita de los djebala no es perceptiblemente distinto del rhaita del Rif, salvo por el hecho de que, tal vez, el modo de tocar de los rifeños muestra un sentido más preciso. Lo que yo buscaba era el zamar, instrumento de doble caña coronado por unos cuernos de toro.
(…) Entre los bereberes, no sólo en el Rif, sino mucho más al sur del Atlas, sigue existiendo el trovador profesional; la categoría social quee se le atribuye no es exactamente la de un miembro aceptado de la comunidad, pero tampoco se le considera un paria. Como artista se le respeta, aunque como trabajador itinerante, naturalmente, es objeto de sospechas. A los rifeños les gusta hacer una analogía entre los imdyazen (así llaman a los minstrels aquí y en el Atlas) y los gitanos de España: sólo que, como ellos dicen, los imadyazen viven en casas como el resto de la gente y no en campamentos fuera de las ciudades como los gitanos. Si les preguntas a qué se debe eso te responden: “Porque son de la misma sangre que nosotros”.
En Segangan(3) fue la primera vez que conocí a un amadyaz. Su chikh parecía un extra bien elegido de una película de piratas: un tipo enorme, tosco, bonachón que llevaba un pañuelo en la cabeza en lugar de un turbante. Él, por fin tenía un zamar. Consta de dos tubos de cañas unidas por alambres, cada uno con su boquilla y sus orificios; el extremo de cada caña está rematado por un gran cuerno de toro. El instrumento puede tocarse con o sin los cuernos, que se quitan con facilidad. Era un virtuoso de ese instrumento y lo tocaba de cualquier modo imaginable: de pie, sentado, bailando, con cuernos, sin ellos, con tambores y coro vocal, o en solo.
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